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¿POR QUÉ SOÑAMOS CON DEMONIOS?

Fotografía original de Thomas Oxford en Unsplash. Edición gráfica por OBNOXE.

Soñar es inédito, con espacios totalmente diferentes a lo ordinario, un tiempo fluido imposible de contemplar y vistas ajenas a la realidad: magia, animales fantásticos y mundos desconocidos. Despertamos dudosos, curiosos y con una sensación regenerativa donde, si nosotros desciframos el sueño, podremos mejorar nuestra vida y superar nuestros problemas.

Vivimos una vida racional y lo explicamos todo bajo parámetros científicos. Con esta lógica descartamos lo molesto y creamos una realidad consciente a modo. Las dificultades debilitan las estructuras racionales y terminamos por refugiarnos en los vicios modernos: trabajo, drogas y la forma más efectiva, el yo, que, en apariencia, define nuestra personalidad para encarar el mundo, pero, a cambio, deja desperdicios regados en el inconsciente.

Fotografía original de Gras Grün en Unsplash. Edición gráfica por OBNOXE.

El inconsciente, un receptor vivo, es un espacio fértil para el sueño porque silencia la lógica racional. Ahí podemos ver el horizonte completo, desplegado en un lenguaje simbólico que sólo la intuición es capaz de comprender. Los símbolos se manifiestan mediante imágenes mitológicas, las cuales responden a lo innato de la psique, donde radica la inocencia que nos une a la realidad.

Los agentes externos nos empujan hacia el origen, la primera intención, el primer paso y aliento, aquello que nos impulsó a tocar una piedra y dotarla de significado: lo espiritual. Momentáneamente, nos prestan sus ojos para ver lo perdido y adoptado. Jung los nombra arquetipos, presencias cargadas de impulso fantástico; representan virtudes o defectos: ira, miedo o valentía. También, dependiendo de la apariencia, desciframos si debemos integrar esa emoción o confrontarla.

En la antigüedad, las presencias tenían una relación divina y exigían una alta energía receptiva por parte del soñador, además de una hábil interpretación para descifrar el mensaje de los dioses. Hermes se identifica con ellos porque era el mensajero entre dioses y humanos. Incluso liberó a Ares, llevó almas al inframundo y tuvo el descaro de robar el tridente de Poseidón; además, ayudó a Odiseo a liberarse de los hechizos de Circe. ¿Qué nos hace creer que Hermes no puede aparecer en nuestras mentes del mismo modo? ¿Qué nos hace superiores ahora que antes no? Lo racional no podrá quitarnos eso.

Fotografía original de Jina Oh en Unsplash. Edición gráfica por OBNOXE.

A pesar de estos intentos de supresión, las figuras divinas siguen trabajando. Ellos toman elementos de nuestro pasado, sabedores de lo traumáticos que fueron, alteran los lugares y los rostros; asfixian nuestra psique con sus escenas fantásticas para que reaccionemos antes de morir. Esos momentos nos energizan y cambian nuestra actitud, pero depende del soñador si quiere hacerlo.

Otro ejemplo de esa energía está en las pesadillas. Su aterradora experiencia influye en nuestro día, para bien o para mal. En estos sueños, las presencias nos hacen creer que alguien externo provocó ese terror, pero, en realidad, una parte de nosotros se revela y trata de ser adoptada por lo consciente. La cultura reprime lo salvaje y lo oscuro de las personas, ocasionando una lucha interna que causa sufrimiento al soñador. Por eso, las pesadillas nos aterran, porque confrontan el yo idealizado con lo crudo.

Fotografía original de Vinay Tryambake en Unsplash. Edición gráfica por OBNOXE.

El soñador comparte muchas cosas con los dioses: desenfreno, orgullo, creatividad; continua trascendencia; defectos y virtudes. Somos los únicos conscientes de esa energía, la divinidad, el cielo y el infierno, lo mágico y lo mundano. Nos creemos libres y con libre albedrío porque nuestro falso yo nos lo ha hecho creer. Por eso, lo creamos para evitar la verdad, pero, en realidad, hay presencias que nos rebasan y nos poseen, están al acecho y en todas partes, manipulan nuestras decisiones y nuestros ánimos.

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