Whiplash (2014): El ritmo de la obsesión

Andrew Newman estudia Jazz en el prestigioso Conservatorio Shaffer de Nueva York buscando un lugar en la banda del director Terence Fletcher. Una noche descubre a Andrew tocando la batería y le hace una serie de pruebas, quedando encantado e invitándolo a una prueba con la banda. Andrew tendrá el reto de cumplir con las exigencias de la banda, ocasionando que se obsesione, olvidándose de sus relaciones personales y rebasando los límites físicos. Tal obsesión ocasionó que tuviera un accidente y una crisis de ira que terminó con la agresión hacia su maestro y su expulsión del conservatorio, pero quien tiempo después le ofrece volver a tocar en una importante presentación. Fletcher buscaba exponer a Andrew por su salida del conservatorio ante la multitud, pero lo sorprendió improvisando, ganándose el reconocimiento de todos.
En un inicio, Andrew se encuentra con músicos que tocan piezas sencillas y poco complejas, reducidas en su mayoría a ritmos comerciales que agraden a la mayor cantidad de gente. Esta uniformidad de ritmos ha complacido la creación del artista y provocado un gusto genérico en los oyentes, pero Andrew, como baterista de Jazz, busca un sonido único que lo distinga de los otros músicos.
Andrew descubre que el talento no es suficiente para tocar en una banda profesional. La perfección técnica se logra con la repetición de movimientos. Un gran músico no se confía con aprender lo que dice la partitura, sino que se enfoca en hacer un show irrepetible. También quien comparte ese pensamiento es Fletcher. La perfección y la precisión no quedan exentas del mundo de las artes. La música debe ser interpretada con perfección y como lo hacían los músicos de orquesta. Sólo tocando en vivo se pueden conocer los alcances del talento; no basta mostrarlo cuando está en el estudio. El músico debe mostrarse una y otra vez frente a un público que lo rechace o lo alabe. El talento tiene que crecer y ponerse a prueba, reconocer los errores y corregirlos para que en cualquier momento puedan tocar solo con el impulso del ritmo.

El músico se forma cuando hay alguien que ponga a prueba su esfuerzo y destruya su confianza. Si se le aplaude, se siente cómodo y relajado, con el riesgo de errar o, peor aún, no conocer sus límites. Para no ser uno más en la orquesta de Fletcher, el músico tiene que exigirse a sí mismo. Aquellos que no lo intentan eventualmente saldrán de la banda y tendrán que consolarse en otra. La orquesta de Fletcher es reconocida porque busca un show inolvidable y los aplausos del público exigente con músicos que superan el promedio.
Andrew, con poco mérito, había llegado al conservatorio, pero no fue hasta que se encontró a Fletcher que descubrió que no era lo suficientemente bueno. Estar en la banda exige un mayor carácter que lo comprometa con su oficio. No basta con tocar un instrumento y tener un mínimo de talento, sino también dejar de lado las convenciones sociales. La música necesita tiempo para igualar las notas concebidas por el compositor; solo con la repetición es posible llegar a oír la pieza en su perfección.
El novato tiene que aprender que en el jazz es necesario tener una continua perfección. No puede dejarse llevar por su propio criterio, ya que toda pieza musical es juzgada por sus oyentes y solo con el reconocimiento del público y el tiempo viene el prestigio para cualquier creador. Todo iniciante necesita un orientador o, en el caso de Fletcher, alguien con autoridad musical que imponga un criterio. No solo es tocar con fuerza o con miedo; el músico debe saber cómo combinar sus habilidades para mejorar el sonido. La icónica frase “Not quite my tempo” ejemplifica mejor la función de Fletcher como orientador, porque Andrew no estaba siguiendo los lineamientos, sino que tocaba imponiendo su estilo.

Los alumnos deben superar la autoridad con su libertad porque pueden prescindir de las partituras cuando sea necesario. Tienen la soltura de seguir lo que su intuición les dicta, pero no por eso dejan de transmitir cierta emoción, sin olvidar que, como todo arte, tiene sus propias reglas y lenguaje. Hablamos de las escalas, el control del movimiento o el ritmo. El músico de jazz empieza una comunicación en la que sus compañeros deben seguir y enriquecer ese diálogo. Así armonizan la experiencia del oyente, que muchas veces puede o no seguir.
Andrew y Fletcher hacen música para el público que esté dispuesto a salirse de su comodidad musical. Poco les interesa tener el reconocimiento de los premios; prefieren que su arte sea juzgado por el criterio de los especialistas, quienes comparten la misma pasión por el Jazz. Pero el primer reconocimiento de toda obra es el artista; solo él puede juzgar los alcances de su creación y poco le importará lo que digan los demás. A diferencia del arte que se hace para complacer a su espectador, el jazzista prefiere confrontar al espectador. De este modo, el jazz exige al músico cuando crea y al público a estar en sintonía con las piezas, contrastando con el arte complaciente. El jazz prefiere enseñar su estética; dicho de otro modo, busca mostrar su particular forma de sentir y de experimentar el mundo de los sonidos.
La impulsividad de Andrew lo obliga a aprender a controlarse para que se adapte al ritmo que le exigen. Esa energía le dará la fortaleza para tocar la batería con la precisión necesaria. De nada sirve tener toda esa ira acumulada si no se puede canalizar hacia algo superior a una rabieta. Tocar la batería es un gran liberador para toda la energía acumulada de las tensiones, y es durante ese aprendizaje que entiende que no debe tocar más rápido o más fuerte, sino seguir el ritmo de su creatividad. Andrew entiende cómo jugar con ese impulso dentro del escenario y lo libera de la presión que exige el jazz.

Tocar en la banda de Fletcher desgasta a Andrew, provocando que se retire temporalmente del Jazz. Practicar repetidamente las mismas notas y un ritmo casi imposible ocasiona un sufrimiento que rebasa lo mental y lo físico. A pesar de eso, Andrew prefiere seguir tocando porque descubre que la indiferencia y el aburrimiento de lo cotidiano es peor que la exigencia de la música. El camino que había elegido lo persigue. Ya no puede continuar con su novia y en cada oportunidad siente nostalgia por tocar. Su obsesión le da sentido a su vida. No le gusta la monotonía, como lo demuestra la escena del cine donde prefiere lo salado sobre lo dulce; en cambio, la obsesión formó el carácter que necesitaba, a pesar del fracaso de las presentaciones.
Fletcher busca que sus alumnos tengan la confianza para explorar sus alcances como músicos, con su determinación de romper lo establecido y proponer un nuevo swing. El jazz que defiende no es para complacer, como otras disciplinas donde lo lúdico es el fin. En su banda, el carácter debe ser más fuerte para que así su arte no sea pobre. El jazz permite al espectador reconocer la expresión de los sentimientos libremente ordenados por el impulso de la perfección. El jazz debe trascender; si no, se convierte en un banal producto de consumo.
La precisión del Jazz aviva al oyente, haciéndole experimentar una sensación inexplicable que permite acercarse a la armonía. El jazzista nos da una representación de la realidad que eleva a cualquiera que esté dispuesto a escuchar. La responsabilidad del músico es mayor cuando el público es exigente. No puede distraerse con las banalidades del mercado; tiene una responsabilidad mayor: formar a su público. Y solo mostrando la belleza de los sonidos puede cambiar la experiencia hasta el punto de olvidar las preocupaciones mundanas.

El reconocimiento no se gana acumulando premios, sino trascendiendo los límites. Cada proceso creativo es interpretación sin errores y sin guía. La última prueba de todo artista es conocer cuáles son esos límites. Andrew no los conocía hasta que su ira reveló el verdadero músico que se ocultaba. Su enojo se canalizó sin guía y solo toca con la libertad del juego. Fletcher lo sabe y por eso, con la ayuda de otros músicos, siguen los movimientos de Andrew. Él lleva el ritmo de la melodía. Ha dejado de seguir el ritmo y el tiempo de otros, y ahora sigue el suyo. Al fin encontró a alguien que esté a la altura de Parker. La técnica y la energía estaban en la complicidad de un diálogo musical, y el público, en el fondo, escucha esa conversación.

